
La fiesta de Santa María Madre de Dios se celebra el 1 de enero en la Iglesia Católica. Esta fiesta conmemora el papel de María como madre de Jesús y su importancia en la historia de la salvación.
La fiesta de Santa María Madre de Dios tiene una larga historia en la Iglesia. Se cree que se originó en el siglo IV en Roma, donde se celebraba el 25 de diciembre. En el siglo VI, la fiesta se extendió a otras partes de Europa y se fijó el 1 de enero como fecha de celebración.

La fiesta de Santa María Madre de Dios es una oportunidad para reflexionar sobre el papel de María en la historia de la salvación. María es la madre de Jesús, el Hijo de Dios, y su papel en la historia de la salvación es fundamental. María es la que da a luz a Jesús, lo cría y lo educa. María es también la que está presente en la cruz cuando Jesús muere.
La fiesta de Santa María Madre de Dios es una oportunidad para dar gracias a Dios por el regalo de María. María es una mujer extraordinaria que ha sido elegida por Dios para ser la madre de su Hijo. María es un modelo de fe, esperanza y caridad. María es una intercesora ante Dios y una fuente de consuelo para los cristianos.
La fiesta de Santa María Madre de Dios es una oportunidad para celebrar la vida de María y su papel en la historia de la salvación. Es una oportunidad para dar gracias a Dios por el regalo de María y para pedir su intercesión.
Primer Dogma: María, Madre de Dios.
María concibió y dio a luz a la segunda persona de la Trinidad, según la naturaleza humana que El asumió.
Concilio de Efeso
En el año 431, se llevó a cabo el Concilio de Efeso donde se proclamó oficialmente que María es Madre de Dios.
“Desde un comienzo la Iglesia enseña que en Cristo hay una sola persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad. María no es solo madre de la naturaleza, del cuerpo pero también de la persona quien es Dios desde toda la eternidad. Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana, no es solamente madre del cuerpo humano sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos Dios y hombre, entonces Ella es la Madre de Dios”
-Concilio de Efeso
El dogma de María Madre de Dios contiene dos verdades:
- María es verdaderamente madre: Esto significa que ella contribuyó en todo en la formación de la naturaleza humana de Cristo, como toda madre contribuye a la formación del hijo de sus entrañas.
- María es verdaderamente madre de Dios: Ella concibió y dio a luz a la segunda persona de la Trinidad, según la naturaleza humana que El asumió.
El origen Divino de Cristo no le proviene de María. Pero al ser Cristo una persona de naturalezas divina y humana. María es tanto madre del hombre como Madre del Dios. María es Madre de Dios, porque es Madre de Cristo quien es Dioshombre.
La misión maternal de María es mencionada desde los primeros credos de la Iglesia. En el Credo de los Apóstoles: “Creo en Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo su único hijo, nuestro Señor que nació de la Virgen María”.
El título Madre de Dios era utilizado desde las primeras oraciones cristianas. En el Concilio de Efeso, se canonizo el título Theotokos, que significa Madre de Dios. A partir de ese momento la divina maternidad constituyó un título único de señorío y gloria para la Madre de Dios encarnado. La Theotokos es considerada, representada e invocada como la reina y señora por ser Madre del Rey y del Señor.
Más tarde también fue proclamada y profundizada por otros concilios universales, como el de Calcedonia(451) y el segundo de Constantinopla (553).
En el siglo XIV se introduce en el Ave María la segunda parte donde dice: “Santa María Madre de Dios” Siglo XVIII, se extiende su rezo oficial a toda la Iglesia.
El Papa Pío XI reafirmó el dogma en la Encíclica Lux Veritatis (1931).
La Madre de Dios en el VAT II
Este concilio replantea en todo el alcance de su riqueza teológica en el más importante de sus documentos, Constitución dogmática sobre la Iglesia, (Lumen Gentium). En este documento se ve la maternidad divina de María en dos aspectos:
1. La maternidad divina en el misterio de Cristo.
2. La maternidad divina en el misterio de la Iglesia.
“Y, ciertamente, desde los tiempos mas antiguos, la Sta. Virgen es venerada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades…. Y las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los limites de la sana doctrina, hacen que, al ser honrada la Madre, el Hijo por razón del cual son todas las cosas, sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos”
(LG #66)
En el Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI (1968)
“Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y salvador nuestro”
En 1984 consagra J.P.II el mundo entero al I.C. de María, a través de toda la oración de consagración repite: “Recurrimos a tu protección, Santa Madre de Dios”
María por ser Madre de Dios transciende en dignidad a todas las criaturas, hombres y ángeles, ya que la dignidad de la criatura está en su cercanía con Dios. Y María es la mas cercana a la Trinidad. Madre del Hijo, Hija del Padre y Esposa del Espíritu.
“El Conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María, será siempre la llave exacta de la comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia”
“Y la Madre de Dios es mía, porque Cristo es mío” (S. Juan de la Cruz)
Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
En la mañana de este primer día del año 2024, el Papa Francisco celebró una Misa en la Basílica de San Pedro en el marco de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
A continuación, la homilía completa del Papa Francisco:
Las palabras del apóstol Pablo iluminan el comienzo del nuevo año: “cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer” (Ga 4,4). Impacta la expresión “plenitud del tiempo”. Antiguamente, el tiempo se medía vaciando y llenando unas ánforas; cuando estaban vacías comenzaba un nuevo periodo de tiempo, que terminaba cuando estaban llenas. Esa es la plenitud del tiempo: cuando el ánfora de la historia está colmada, la gracia divina desborda; así pues, Dios se hace hombre y lo hace en el signo de una mujer, María. Ella es el camino elegido por Dios, ella es el punto de llegada de tantas personas y generaciones que, “gota a gota”, han preparado la venida del Señor al mundo. De este modo, la Madre está en el centro del tiempo. Dios se ha complacido de dar un giro a la historia por medio de María, la mujer. Con esta palabra la Escritura nos remite a los orígenes, al Génesis, y nos sugiere que la Madre con el Niño marca una nueva creación, un nuevo comienzo. Por tanto, al principio del tiempo de la salvación está la Madre de Dios, nuestra Madre santa.
Es hermoso entonces que el año comience invocándola; es hermoso que el Pueblo fiel, como antaño en Éfeso, proclame con alegría a la Santa Madre de Dios. Las palabras Madre de Dios expresan, en efecto, la alegre certeza de que el Señor, tierno Niño en brazos de su mamá, se ha unido para siempre a nuestra humanidad, hasta el punto de que esta ya no es sólo nuestra, sino también suya. Madre de Dios: son pocas palabras para confesar la alianza eterna del Señor con nosotros. Madre de Dios: es un dogma de fe, pero es también un “dogma de esperanza”; Dios en el hombre y el hombre en Dios, para siempre. La Santa Madre de Dios. Proclamémoslo juntos, tres veces: ¡Santa Madre de Dios! ¡Santa Madre de Dios! ¡Santa Madre de Dios!
En la plenitud del tiempo el Padre envió a su Hijo nacido de mujer; pero el texto de san Pablo agrega un segundo envío: “Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abba!, ¡Padre!” (Ga 4,6). Y también en el envío del Espíritu la Madre es protagonista: el Espíritu Santo desciende sobre ella en la Anunciación (cf. Lc 1,35), después en los inicios de la Iglesia desciende sobre los Apóstoles reunidos en oración con “María, la madre” (Hch 1,14). De esta manera, la acogida de María nos ha traído los dones más grandes; ella ha “hecho hermano nuestro al Señor de la majestad” (TOMÁS DE CELANO, Vida segunda, CL, 198: FF 786) y ha permitido que el Espíritu clame en nuestros corazones: “¡Abba!, ¡Papá!”. La maternidad de María es el camino para encontrar la ternura paterna de Dios, el camino más cercano, más directo, más fácil. No nos olvidemos de esto: La maternidad de María es el camino para encontrar la ternura paterna de Dios, el camino más cercano, más directo, más fácil. No nos olvidemos de esto. El estilo de Dios, que es cercanía, compasión y misericordia.
La Madre, en efecto, nos conduce al principio y al corazón de la fe, que no se trata de una teoría o de un compromiso, sino de un don inmenso, que nos hace hijos amados, moradas del amor del Padre. Por eso, acoger a la Madre en la propia vida no es una elección devota, sino una exigencia de la fe: “Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos” (S. PABLO VI, Homilía en Cagliari, 24 abril 1970), eso es hijos de María,
La Iglesia necesita de María para redescubrir su propio rostro femenino, para asemejarse más a ella que, como mujer, Virgen y Madre, representa su modelo y su figura perfecta (cf. Lumen gentium, 63); para dar espacio a las mujeres y para ser generativa a través de una pastoral hecha de cuidado y solicitud, de paciencia y valentía materna. También el mundo necesita mirar a las madres y a las mujeres para encontrar la paz, para escapar de las espirales de violencia y odio, y volver a tener miradas humanas y corazones que ven. Y toda sociedad necesita acoger el don de la mujer, de cada mujer: respetarla, cuidarla, valorarla, sabiendo que quien lastima a una mujer profana a Dios, nacido de mujer.
María, la mujer, así como fue decisiva en la plenitud del tiempo, también es determinante en la vida de cada uno; porque nadie mejor que la Madre conoce los tiempos y las urgencias de sus hijos. Nos lo nuestra una vez más con otro “comienzo”, el primer signo realizado por Jesús en las bodas de Caná. Allí es precisamente María quien se da cuenta que falta el vino y se dirige a Él (cf. Jn 2,3). Son las necesidades de los hijos las que la mueven a ella, a la Madre, a pedirle a Jesús que intervenga. Y en Caná Jesús dice: “Llenen de agua estas tinajas”. Y “las llenaron hasta el borde” (Jn 2,7). María, que conoce nuestras necesidades, apresura también para nosotros el desbordamiento de la gracia y lleva nuestras vidas hacia la plenitud.
Hermanos, hermanas, todos nosotros tenemos carencias, soledades, vacíos que necesitan ser colmados. Cada uno conoce el suyo. ¿Quién puede hacerlo sino María, Madre de la plenitud? Cuando estamos tentados de encerrarnos en nosotros mismos, acudimos a ella; cuando no logramos desenredarnos de los nudos de la vida, buscamos refugio en ella. Nuestro tiempo, vacío de paz, necesita de una Madre que vuelva a reunir a la familia humana. Miremos a María para ser constructores de unidad, y hagámoslo con su creatividad de Madre, que cuida de sus hijos, los congrega y los consuela, escucha sus penas y enjuga sus lágrimas. Miremos el icono tierno de la Virgo Lactans, y así la Madre, con cuánta ternura, acude a nosotros y se acerca.
Confiemos el nuevo año a la Madre de Dios. Consagremos nuestra vida. Ella, con ternura, sabrá revelar su plenitud; porque nos conducirá a Jesús, y Jesús es la plenitud del tiempo, de todo tiempo, de nuestro tiempo, en el tiempo de cada uno de nosotros. En efecto, como se ha escrito, “no ha sido la plenitud del tiempo lo que hizo que fuera enviado el Hijo de Dios, sino al contrario, el envío del Hijo dio lugar a la plenitud del tiempo” .(cf. M. LUTERO, Vorlesung über den Galaterbrief 1516-1517, 18).
Que este año esté lleno de la consolación del Señor; que este año esté colmado de la ternura materna de María, la Santa Madre de Dios. Ahora, les invito a proclamar todos juntos, en voz alta y tres veces: “Santa Madre de Dios”, todos juntos.
Oración a la Santísima Theotokos ante Su icono llamado “La Sanadora”

Acepta, oh Toda Bendita y Poderosa Señora, Virgen Theotokos, estas oraciones que nosotros, tus indignos siervos, te ofrecemos con lágrimas, ante Tu imagen sanadora, elevando nuestro himno con compunción, como si Tú estuvieras aquí, escuchando nuestra oración. Pues respondes toda petición, alivias los sufrimientos, concedes la salud a los enfermos, sanas a los débiles y enfermos, ahuyentas los demonios de los poseídos, libras a los ofendidos de las desgracias, limpias a los impuros y tienes piedad de los niños pequeños; además, oh Señora Theotokos, liberas de las cadenas a los encarcelados y sanas toda clase de pasiones. Pues todo es posible por Tu intercesión ante Tu Hijo, Cristo nuestro Dios. Oh Alabadísima Madre, Santísima Theotokos, no dejes de interceder por nosotros, tus indignos siervos, que te glorificamos y te veneramos, y que nos inclinamos ante Tu Pura imagen con compunción, teniendo sincera y verdadera esperanza, e indudable fe en Ti, oh Siempre Virgen Toda Pura y Gloriosa, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

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